jueves, junio 08, 2017

El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter


Tenía esta lectura pendiente desde hace un montón de años. Y es una pena haber esperado tanto tiempo porque se trata de una breve y deliciosa narración sobre la influencia de la naturaleza en el ánimo del hombre. Nos cuenta la historia de un tipo que, según señala el narrador, era un necio y un mentecato, y se notaba enfermo e invadido por la misantropía. Hasta que un doctor le receta unos días de reposo en un balneario entre las montañas. Allí empieza a tomar las aguas, pero son sus paseos por el campo y por el bosque, solo y a veces extraviándose, los que van reconfortando su espíritu, cambiando su disposición y animándole a dibujar. En uno de esos paseos, además, conocerá a una muchacha que podría cambiarle la vida.

La manera de Adalbert Stifter de describir paisajes e introducirnos poco a poco en el suceso del señor Theodore Kneight, alias "Tiburius", sirve al lector, también, como una especie de bálsamo o lenitivo. Es como si, leyéndolo, estuviéramos nosotros también en el campo, disfrutando del silencio y del rumor del aire entre las ramas de los árboles. Es el poder de la literatura. Ahí van unos extractos:

Tengo un amigo que, aunque todavía vive y aunque entre nosotros no suele ser habitual contar historias de gente viva, me ha consentido que cuente un caso que está relacionado con él para provecho y servicio de todos aquellos que son grandes necios; quizá puedan éstos sacar algún beneficio del relato.

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Todo esto que voy a contar aquí es ni más ni menos lo que le ha sucedido a mi amigo al atravesar el sencillo sendero de un bosque. Porque hay que advertir que el señor Tiburius, de joven, era un gran mentecato; y nadie que le hubiese conocido en aquel tiempo hubiese creído que él llegaría a tomar aquel sendero. Esta historia es, ciertamente, demasiado simple; y si yo la cuento es solo para que pueda serle útil a ciertos hombres equivocados y para que puedan extraer de ella alguna utilidad.

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Finalmente se dio cuenta de que estaba enfermo. Sentía cosas extrañas, tales como temblores en los miembros, pestañeo de los ojos y, en fin, insomnio. Pero además de todo eso, había también algo insólito. Cuando al anochecer regresaba a su casa –tras un paseo–, veía una misteriosa sombra –como de un gatito– que le acompañaba cada vez que subía la escalera. Aquello, ineludiblemente y sin excepción, le ocurría solo en la escalera; en ningún otro lugar. Y esto era algo que le atacaba los nervios extremadamente.

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Nos resulta imposible narrar cómo le sentó al señor Tiburius aquel tiempo en el balneario, pues jamás comentó nada a nadie al respecto. Lo único que se sabía era que continuaba bañándose cada día.

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Se encontraba muy bien, tenía un hambre feroz y comía con mucho apetito. No podía dejar de caminar hasta bien avanzada la tarde y llegaba a la pradera en forma de campana, donde divisaba la montaña con las cumbres nevadas y la corriente de agua que saltaba alegremente. Una vez allí, regresaba de nuevo hasta su carruaje. Esto lo hacía tres veces por semana. 

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Hasta entonces Tiburius no se había encontrado nunca con nadie en su caminar por el sendero. Ahora, por fin, iba a ver a alguien. Y eso habría de ser decisivo para el resto de su vida.

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Mientras veía cómo dibujaba, Tiburius preguntó:
-María, ¿cómo es que no sientes temor alguno en el bosque? ¿Y cómo es que no te asustaste en absoluto la primera vez que nos encontramos aquí?
-Nunca he sentido temor en el bosque, no sé de qué podría tener miedo. Desde mi niñez he venido aquí; conozco todos los rincones y recovecos; no tengo nada que temer. Tampoco me he asustado de usted, porque usted es un hombre bueno y diferente a los demás –respondió ella.
-¿Y cómo son los otros? –preguntó don Tiburius.
-Son diferentes –respondió María–. He ido algunas veces al balneario, como se acostumbra aquí, para vender diversas cosas. Pero una vez que se fueron los extranjeros, decidí no volver más. Los hombres de esta comarca –y hay entre ellos algunos que no conocía hasta hace poco– son unos descarados: me cogen de las mejillas y me dicen, ¡bonita, muchacha!


[Impedimenta. Traducción de Carlos d'Ors Führer]