viernes, julio 15, 2016

Solo, de August Strindberg


En Playtime / El Plural recomiendo este libro. Fragmentos:

Tras diez años en provincias estoy de vuelta en mi ciudad natal –ahora mismo, sentado a la mesa, comiendo con los viejos amigos–. Rondamos todos los cincuenta años, los más jóvenes del grupo pasan de los cuarenta o por ahí andan. Nos sorprende no haber envejecido desde la última vez. Se aprecia, desde luego, algo de gris en la barba y en las sienes, aquí y allá, pero hay también algunos que han rejuvenecido desde el último encuentro, y que reconocen que en torno a los cuarenta años sucedió un cambio notable en sus vidas. Se sentían viejos y dieron en pensar que su vida se acababa; descubrían enfermedades inexistentes; sus brazos se agarrotaban y les resultaba difícil enfundarse el abrigo. Todo se les antojaba viejo y raído; todo se repetía, todo sucedía siempre de la misma manera; la nueva generación se abría paso desafiante, sin prestar la más mínima atención a los logros de la anterior; sí, y lo más terrible era que los jóvenes descubrían las mismas cosas que nosotros habíamos descubierto y, peor aún, exhibían sus viejas novedades como si nadie antes hubiera barruntado nada.

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Esta vez, nos separamos con la sensación de que el pasado estaba acabado, de que todos nos habíamos hecho mayores y adquirido el derecho de dejar el vivero para crecer libremente, trasplantados en suelo libre, sin jardineros, tijeras ni etiquetas.
Así fue, en resumidas cuentas, como uno se queda solo.

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Regresar a casa solo y en silencio era reencontrarme conmigo mismo, envolverme en mi propia atmósfera espiritual, en la que me sentía cómodo, como cuando uno se pone ropa que le cae bien. Tras una hora de meditación me sumergía en la nada del sueño, liberado de todo anhelo, de todo deseo y de toda voluntad.

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Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo; no tengo que escuchar, dentro de mi casa, la música que aborrezco; evito ver periódicos, tirados por ahí, con caricaturas de mis amigos y de mí mismo; me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan.

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Lo primero que uno alcanza en soledad es un compromiso consigo mismo y con el pasado. No es tarea fácil, desde luego, porque el autodominio requiere toda una educación. Pero no hay estudio más agradecido que el autoconocimiento, si es posible tal cosa.

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Pero la soledad, al tiempo, le hace a uno paciente, y si antes me había defendido del sufrimiento mediante la brutalidad, después me hice más sensible al sufrimiento de los otros, una presa indefensa a las influencias del exterior, aunque no a las malvadas. Estas últimas simplemente me asustaban y hacían que me retirase todavía más. Y así es como busco paseos solitarios, donde solo me encuentro con gente sencilla que no me conoce. Tengo incluso una ruta especial, que denomino via dolorosa y recorro cuando las horas son más oscuras de lo habitual.

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Finalmente, hay momentos en los que solo sirve un poco de budismo. Es tan raro obtener lo que se desea. ¿De qué sirve desear? No desees nada, no quieras nada de las personas ni de la vida, y siempre pensarás que has conseguido más de lo que pudiste desear. Y sabes por experiencia que, cuando has conseguido lo que deseabas, lo que te hizo feliz no fue tanto el objeto deseado como el propio cumplimiento.

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Allí estaba yo sentado, con todo a mis espaldas: ¡todo, todo, todo! ¡La lucha, la victoria, la derrota! Todo lo más amargo y lo más dulce de la vida. Y entonces, ¿qué? ¿Estaba cansado y viejo? No, la lucha continuaba, con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante! Pero, mientras que antes solo había tenido enemigos delante de mí, ahora los tenía delante y detrás. Me había tomado un rato de descanso para poder proseguir, y sentado en este sofá, en esta casa, me sentí tan joven y apto para la lucha como treinta años antes, con la diferencia de que ahora el objetivo era nuevo, pues las viejas piedras miliares estaban ya a mi espalda. Los que se habían detenido y quedado atrás querían, desde luego, retenerme, pero yo no podía esperar, por eso había tenido que salir a reconocer los desiertos solo, a buscar nuevos caminos y sendas; a veces, engañado por un espejismo, me tocaba darme la vuelta y retroceder; pero esto solo hasta llegar a una encrucijada; y desde allí, de nuevo hacia delante. 


[Mármara Ediciones. Traducción de Manuel Abella]