viernes, septiembre 24, 2010

Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick


Este es el primer párrafo de la novela:

Había un tipo que se pasaba el día quitándose bichos del pelo. El médico le dijo que no tenía bichos en el pelo. Después de estar ocho horas en la ducha, bajo el agua caliente, atormentado por los bichos, salió y se secó, y seguía teniendo bichos en el pelo; de hecho, tenía todo el cuerpo cubierto de bichos. Un mes después tenía bichos en los pulmones.

Podría funcionar a la perfección como un microrrelato. Pero la novela, a partir de entonces, sólo puede subir. Primero nos enteramos de que esos bichos son el resultado de las alucinaciones de un hombre que ha tomado muchas drogas. Luego conocemos al protagonista y a la gente que vive con él. Imaginen que, en Donnie Brasco, pseudónimo que utilizaba el policía Joe Pistone, le encargaran a Pistone vigilar a Brasco. Es decir, a sí mismo. Pues algo parecido ocurre en esta perturbadora novela. Bob Arctor comparte su vida con traficantes y consumidores de droga. En realidad, Bob es Fred, un policía infiltrado para capturar a quienes mueven la mercancía. Entre sus superiores no conocen su identidad porque, ante ellos, siempre lleva un traje que le oculta el rostro. Sus superiores saben que está infiltrado, sin saber quién de esos traficantes es. Un día colocan cámaras en la casa y ordenan a Fred que vigile al que parece más peligroso: Bob Arctor. Y Bob/Fred, que empieza a tener la mente jodida por las drogas, tiene que vigilarse a sí mismo y analizar cintas en las que se ve deambular por la casa, haciendo y diciendo cosas que no recuerda porque estaba demasiado ciego para acordarse. Ahí es cuando arrancan sus problemas de identidad.

Me ha parecido una novela espléndida. Muy entretenida y repleta de paranoias que te obligan a reflexionar sobre el tiempo, la identidad, los reflejos y los laberintos de la mente. Me pregunto por qué he tardado tanto en leerla. En gran parte (y aunque Dick se inventa una trama de policías y drogatas) es autobiográfica, como el autor reconoce en la nota final. Él mismo se mezcló durante un tiempo con camellos y yonquis y pagó un precio muy alto. Muchos de sus amigos de entonces murieron o acabaron con lesiones irreversibles.


[Traducción de Estela Gutiérrez Torres]