martes, agosto 15, 2017

Cartel de Rebel in the Rye


De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami


De vez en cuando llegan a mis oídos historias de amistad entre escritores. Entonces no puedo evitar pensar que solo se trata de cuentos chinos. Tal vez ocurra durante un tiempo, pero no creo que una amistad verdadera entre personas así pueda durar mucho tiempo. En esencia, los escritores somos seres egoístas, generalmente orgullosos y competitivos. Una fuerte rivalidad nos espolea día y noche. Si se reúne un grupo de escritores, seguro que se dan más casos de antipatía que de lo contrario. He vivido varias experiencias en ese sentido.

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Nunca me he oído decir: "No me apetece escribir, pero no me queda más remedio porque tengo un encargo". Como no acepto compromisos, no tengo fechas límite. Por eso no me afecta en absoluto el sufrimiento provocado por el writer's block. Para mí escribir es un alivio psicológico porque no hay nada más estresante para un escritor que sentirse obligado cuando no tiene ganas.

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Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. A veces tengo la impresión de estar sentado en lo más profundo de una cueva. Nadie va a venir a ayudarme, nadie me va a dar una palmadita de ánimo en la espalda ni me va a decir lo bien que he trabajado hoy. El resultado final de ese esfuerzo puede recibir algunas alabanzas (si ha salido bien, claro está), pero el proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que cada uno debe soportar en soledad y en silencio.


[Tusquets Editores. Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara]

Banner de It


Wonder: nuevo cartel


Cartel de The Death of Stalin


viernes, agosto 11, 2017

La vida secreta de las ciudades, de Suketu Mehta


Toda ciudad tiene dos tipos de narrativa: la historia oficial y la historia oficiosa. La historia oficial se publicita a bombo y platillo; la oficiosa es más discreta, pero también es más probable que perdure.
La oficiosa se transmite mayoritariamente por vía oral: se oye en los locutorios de los barrios de inmigrantes de nuestras ciudades, en los vídeos y cedés que preparan para enviar a la familia, en las baladas y canciones tradicionales de las películas de Bollywood y en las telenovelas. Son las noticias sobre la ciudad que los inmigrantes transmiten al pueblo.

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En Nueva York mis hijos, estadounidenses de nacimiento, se sientan con mi madre a que les cuente historias que les contó su padre sobre viajes por las tierras del África oriental vendiendo tejidos y whisky de una empresa escocesa; y se sientan con mi padre a que les hable de cómo el suyo compraba el patrimonio de los maharajás disolutos de Calcuta para su negocio de joyas. Con estos hilos narrativos tejemos parches para remendar el maltrecho tejido temporal de la familia. Y continuamos.

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¿Quién decide la imagen de una ciudad? La mayoría de la gente que viene a Bombay no espera encontrarse Shangai. Vienen a Mumbai, cuyo mito les resulta lo bastante atractivo. Son las empresas consultoras internacionales las que han decidido que Bombay debe proyectar la imagen de Shangai para tener éxito.

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En las ciudades existe una economía secreta. Existe, en todas las ciudades, una ciudad de leyes y una ciudad que debe vivir por debajo del poderoso peso de la ley; una ciudad regulada y una ciudad sin regular. En este momento del mundo, la ciudad ilegal, la ciudad fuera de la ley, es mucho mayor que la ciudad oficial. En puras cifras, quienes evaden, violan o sortean la ley llevan la delantera.

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El capital global no desobedece leyes, simplemente financia a los políticos que crean las leyes que interesan al capital.

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Durante mucho tiempo los urbanistas consideraron la densidad algo malo, pensaban que para disfrutar de una buena vida los seres humanos tenían que trasladarse a las afueras y encontrar su Edén de cien metros cuadrados para luego ir a trabajar en coche. Pero a todas luces el mundo está dando la espalda a la vida en las afueras y estamos reconociendo que a la gente no le importa apiñarse en bloques gigantescos y caminar por las aceras hombro con hombro con montones de personas.

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Porque las ciudades tienen algo, por espantosas que sean, que nos interpela como humanos: la necesidad de vivir en grupo, la emoción metropolitana, la sensación de que en la ciudad no morirás de hambre como podría ocurrirte en el campo. Ya sean ciudades que funcionan, como Nueva York, o ciudades disfuncionales, como Kinshasa, las cosas pasan en la ciudad.

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Cuando regresas a una ciudad que abandonaste hace tiempo, descubres que existe una ciudad que recogen los mapas y otra que no.

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¿Qué es más real? ¿El mapa o la ciudad? ¿Nueva York es una ciudad o un mapa a tamaño real de la ciudad de Nueva York?
Pero regresamos porque prometimos volver. Todo emigrante ha dejado atrás un amor. Todo emigrante ha abandonado a un amante o a un hijo, ha hecho falsas promesas de que volverá.

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Cuidado con el pasado: vuélvete a mirarlo y tu ser querido acabará en el infierno, como Eurídice, o te transformarás en una estatua de sal, como la mujer de Lot. El pasado es un lugar peligroso, pues es donde reside el hogar.

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Mi prueba para valorar una librería, en Bombay, Roma o Nueva York, es la sección de poesía. Allí es donde puedes juzgar si el propietario está en el negocio por amor o por dinero. La mayoría de las cadenas relegan la poesía al fondo o a los sótanos de la tienda, como un secreto culpable. La poesía no da dinero a nadie; es un regalo. ¿Quién la lee en estos tiempos? En realidad, muchos de nosotros. Cada vez que escuchas una canción pop, escuchas la letra, la elegante condensación en lenguaje de la experiencia. Dios nos habla únicamente en verso. Cuando vamos a la iglesia, la mezquita o el templo, las escrituras que oímos o los himnos que cantamos están en verso. La poesía nos moldea mucho más allá de lo que sabemos y reconocemos.


[Random House. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz]

Trailer de Loving Vincent


Próximamente: La ciudad solitaria



De Olivia Laing. En Capitán Swing.

Cartel de In Search of Fellini


Logan Lucky: 2º cartel


En Aleteia: Stephen King en el cine (1): Los proyectos más esperados


Mother!: otros 2 carteles



The Only Living Boy in New York: 2º cartel


Cartel de Mudbound


martes, agosto 08, 2017

La vida breve de Katherine Mansfield, de Pietro Citati


Como los gatos, era discreta. Consideraba que jamás deberíamos hablar de nosotros con nadie, pues si hablamos, los demás irrumpen enseguida y pisotean como vacas la hierba de nuestro jardín. "¿Por qué insistes en negar tus emociones? ¿Te avergüenzas de ellas?", pregunta alguien a uno de los personajes de sus cuentos. El personaje (es decir, Katherine Mansfield) responde: "No me avergüenzo en absoluto, pero las tengo guardadas en un cajón y las saco sólo de vez en cuando, como los tarros de mermelada muy especiales, cuando la gente que aprecio viene a tomar el té".

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Siempre había intentado zafarse del sentido de finitud: exigía en todas las cosas lo ilimitado. Ahora se daba cuenta de que lo único infinito que los hombres pueden conocer es el dolor. En el sufrimiento humano no hay límite. El dolor es la eternidad. Cuando pensaba: "He llegado al fondo del abismo, no puedo descender más", continuaba hundiéndose. Y así una y otra vez, interminablemente.

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Hay personas a quienes la enfermedad les pertenece o que, más bien, pertenecen a la enfermedad. Katherine Mansfield no era una de ellas. Había nacido para llevar una vida activa y ardiente, y la enfermedad fue impuesta. Como escribió desde Suiza a un joven amigo, "estoy tuberculosa, pero la tuberculosis no me pertenece. Se trata de un horrible perro vagabundo que, desde hace cuatro años, persiste en seguirme, y yo intento abandonarlo entre estas montañas". Vivió exiliada "en la tierra oscura" de la enfermedad, recogió todas sus riquezas –palpitaciones, sufrimientos, escalofríos, depresiones, histerias, pesadillas, sudores mortales–, pero, en lugar de alejarla del mundo, la enfermedad la convirtió en una persona más intenta y viva.


[Gatopardo Ediciones. Traducción de Mónica Monteys]

Cartel de Super Dark Times


Próximamente: Sylvia


De Leonard Michaels. En Libros del Asteroide.

Wind River: 3 carteles




viernes, agosto 04, 2017

M Train, de Patti Smith


Éste es uno de los libros más especiales de cuantos he leído en lo que va de año. Una delicatesen, superior incluso a Éramos unos niños (las memorias de la autora), y que confirma a Patti Smith como una escritora fuera de serie, que ha aprendido mucho leyendo, viajando y observando.

M Train agrupa varios géneros en sí mismo: el diario, las memorias, el ensayo e incluso el libro de viajes. En apariencia es la historia de una mujer que contempla las huellas de otros escritores y artistas y da fe de sus lecturas, pero en el fondo es la historia de una mujer madura, de vuelta de todo, que a pesar del éxito y de su celebridad, se encuentra muy sola: perdió a su marido, perdió a su hermano, perdió a Robert Mapplethorpe… Todas esas cicatrices no han acabado de cerrarse y por eso los cita a menudo.

Cada capítulo suele comenzar con ella deambulando por ahí, ya sea en un viaje por el mundo para dar una conferencia o acercándose a su café favorito para desayunar, leer y tomar notas, dentro de su rutina habitual. Patti Smith observa lo que hay a su alrededor y luego pasa a otras historias: recuerdos suyos, episodios de su memoria, o anécdotas relacionadas con sus periplos y su obsesión por los objetos que pertenecieron a los escritores o los lugares donde vivieron o las tumbas donde están enterrados. Todo ello lo va aderezando con magníficas fotografías en blanco y negro: ahí están la tumba de Jean Genet, su encuentro con Paul Bowles, las muletas de Frida Kahlo, la casa que se compró a pie de playa para restaurarla y acondicionarla, el bastón de Virginia Woolf, la lápida de Sylvia Plath, el rincón de la cafetería donde se sienta cada mañana…

Patti Smith va tejiendo esos materiales (diario, huellas de otros autores, lecturas habituales, conversaciones y trayectos) en cada página y, por si fuera poco, cita de continuo a otros escritores, a otros poetas, y así vamos anotando aquellos que no conocíamos o que no hemos leído. Patti Smith posee una belleza interior tan enorme que te vas enamorando de ella a medida que avanzas en la lectura. Es alguien que sabe mucho y que anota cada detalle y cada reflexión con una inteligencia y una sensibilidad que la equiparan a las grandes escritoras. Podría pasarme horas hablando de este libro y de lo maravilloso que es. Id corriendo a comprarlo, me lo agradeceréis. Unos extractos:

En el aseo del 'Ino había capullos de rosas rojas en un pequeño jarrón. Colgué el abrigo en el respaldo de la silla vacía que tenía delante, y pasé casi toda la hora siguiente tomando café y llenando páginas de mi cuaderno con dibujos de animales unicelulares y de varias especies de plancton. Era extrañamente reconfortante, pues recordaba haber copiado cosas parecidas de un pesado libro que había en un estante encima del escritorio de mi padre. Él tenía toda clase de libros rescatados de cubos de basura y de casas desiertas, libros que compraba por unos peniques en los mercadillos de las iglesias. El abanico de temas, que iban de los ovnis a Platón pasando por las planarias, reflejaba su mente siempre curiosa. Yo me pasaba horas mirando ávidamente ese libro, contemplando el misterioso mundo que encerraba. El denso texto era imposible de penetrar, pero las representaciones monocromáticas de los organismos vivos evocaban multitud de colores, como pequeños peces destellantes en un estanque fosforescente. Ese libro enigmático y anodino, repleto de paramecios, algas y amebas, flota vivo en mi memoria. Como todo aquello que desaparece con el tiempo y que nos descubrimos anhelando volver a ver. Lo buscamos en primeros planos del mismo modo que buscamos nuestras manos en los sueños.

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Con el tiempo a menudo nos compenetramos con aquello que no supimos comprender.

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Queremos cosas que no podemos tener. Intentamos recuperar cierto momento, cierto sonido, cierta sensación. Yo quiero oír la voz de mi madre. Quiero ver a mis hijos cuando eran niños. Manos pequeñas, pies ligeros. Todo cambia. El hijo crece, el padre muere, la hija es más alta que yo, llorando por una pesadilla. Por favor, quedaos para siempre, les digo a las cosas que conozco. No os vayáis. No crezcáis.

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¿Nos llora lo que perdemos? ¿Sueñan con Roy Batty las ovejas mecánicas? ¿Recordará mi abrigo negro, plagado de agujeros, las intensas horas de camaradería que compartimos? Dormidos en autobuses de Viena a Praga, en las noches de ópera, en los paseos por la playa, en la tumba de Swinburne en la isla de Wight, en las arcadas de París, en las cuevas de Luray, en los cafés de Buenos Aires. La experiencia humana entretejida en sus hilos. ¿Cuántos poemas salían de sus mangas deshilachadas? Aparté la mirada solo un instante, atraída por otro abrigo que abrigaba más y era más suave, pero a ese no lo quería. ¿Por qué perdemos las cosas que amamos y las que nos son indiferentes se aferran a nosotros y darán la medida de lo que valemos cuando ya no estemos aquí?

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Lo que he perdido y no puedo encontrar, lo recuerdo. Lo que no puedo ver, intento evocarlo. Funciono a base de impulsos concatenados que rayan la iluminación.

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Creo en la vida, que algún día todos perderemos. Cuando somos jóvenes creemos que eso no va con nosotros, que somos diferentes. De niña pensaba que nunca crecería, que podía conseguirlo a base de fuerza de voluntad. No hace mucho comprendí que, envuelta inconscientemente en la verdad de mi cronología, había cruzado una línea. ¿Cómo hemos envejecido tanto?, les pregunto a mis articulaciones, a mi pelo del color del hierro. Ahora soy mayor que el amor de mi vida, que mis amigos muertos. Tal vez viva tanto que la Biblioteca Pública de Nueva York se vea obligada a entregarme el bastón de Virginia Woolf. Podría cuidarlo por ella, junto con las piedras de sus bolsillos. Pero también seguiría viviendo, negándome a entregar mi pluma.



[Lumen. Traducción de Aurora Echevarría]

Wonderstruck: 2º cartel


Trailer de Death Wish (2017)


Mother!: 2º cartel


miércoles, agosto 02, 2017

Los hermanos Giacometti, de James Lord


Alberto Giacometti fue, además de un gran artista, un personaje singular de los ambientes artísticos de París. Amigo de otros grandes como Jean Genet, Samuel Beckett, Yves Bonnefoy, Simone de Beauvoir o Michel Leiris. Su hermano Diego también era peculiar, aunque nunca llegó a ser tan famoso.

En la primera parte de este libro (no confundir con Retrato de Giacometti, también escrito por James Lord y publicado por A. Machado Ediciones), James Lord nos cuenta su relación con los hermanos: cómo los conoció, las veces que fue a posar para Alberto, las relaciones amistosas o conflictivas que mantuvo con los allegados de los Giacometti, y recoge algunas sentencias para enmarcar. En la segunda parte, una vez fallecido Alberto Giacometti, nos desvela lo que ocurrió tras esa muerte: principalmente sus esfuerzos para escribir y ordenar el material biográfico que acabaría componiendo el libro citado anteriormente, las polémicas y las acusaciones que dicha biografía originó y sus encuentros y desencuentros con los artistas antes mencionados.

Este volumen, en realidad, es una pieza titulada originalmente 46, rue Hippolyte and After que formó parte del libro Some Remarkable Men: Further Memories. De momento es el único texto que he leído de Lord, de quien en Elba han publicado más obras. Se trata de un escritor agudo, perspicaz y atento a capturar frases gloriosas en su memoria, sin ayuda de grabadoras, y al que sólo podemos reprochar que en ocasiones sea bastante duro con gente a la que admiramos como Genet o Simone de Beauvoir. Un extracto:

Su atractivo era poderosísimo, y desde el primer momento tuve la fuerte intuición de que era un gran artista. En 1952 Giacometti aún no era famoso; muchos podían pensar que a la edad de cincuenta años ya no estaba destinado a una grandeza perdurable. Los precios que se pagaban por sus obras eran bajos. Pierre Loeb tenía un portafolio espléndido de dibujos que cualquiera podía ojear y comprar por veinte dólares la lámina, y no es que se los quitaran de las manos, precisamente; aunque yo en esa época no podía permitirme comprar uno. No obstante, Giacometti ya había creado verdaderas obras maestras, cosa que yo ya sabía porque había tenido ocasión de verlas, la primera de ellas sobre la mesa de detrás del sofá en casa de Cyril Connolly, y no tenía duda de que eran obras de primera magnitud.


[Editorial Elba. Traducción de Clara Pastor]

martes, agosto 01, 2017

domingo, julio 30, 2017

En Aleteia: Song to Song




Birth of the Dragon: 2 carteles